Posguerra.

Un grupo de personas en Sestao, durante la época franquista.
Un grupo de personas en Sestao, durante la época franquista. / 'Sestao en el recuerdo'


Mujeres y franquismo en el Gran Bilbao

En los últimos años se han multiplicado las investigaciones sobre la represión desencadenada por la dictadura franquista, todo ello vinculado en buena medida al movimiento social por la recuperación de la memoria histórica. Uno de los trabajos de investigación más recientes es el que lleva como título ‘Era más la miseria que el miedo. Mujeres y franquismo en el Gran Bilbao: represión y resistencia’, elaborada por Belén Solé y Beatriz Díaz para la Asociación Vizcaína de Investigación Histórica / Bizkaiko Ikerketako Historiokoko Elkartea ELKASKO sobre la base de 21 entrevistas en profundidad realizadas entre los años 2009 y 2013 a personas, en su mayoría mujeres, que nacieron entre 1914 y 1963. Estas historias de vida han sido recogidas mayoritariamente en la Margen Izquierda de la Ría del Nervión, en concreto en el municipio de Sestao, una de las zonas de España con mayor incidencia obrera. Los abusos sexuales, los fusilamientos y las estrictas medidas morales del régimen forman parte de este informe, que cuenta incluso con un apartado didáctico sobre el horror. "Nos planteamos hacer algo que luego se pudiese utilizar a nivel de educación secundaria y de centros para adultos, por lo que hemos incluido una serie de pautas tanto para los docentes como para los alumnos", indica una de las autoras, Beatriz Díaz.
Tras analizar los testimonios, el colectivo llega a la conclusión de que aunque la represión franquista alcanzó a toda la sociedad, "hubo mecanismos de represión específicamente dirigidos contra las mujeres y hubo también una vivencia de la represión entre las mujeres distinta en algunos aspectos de las experiencias vividas por los hombres". Esta represión se concretó "en los castigos públicos como el rapado del pelo, la purga con aceite de ricino o la obligación de limpiar determinados lugares, como iglesias o escuelas". Las autoras del estudio incide en "la violencia sexual que sufrieron las mujeres tanto en los centros de detención como durante la ocupación de las tropas franquistas como una forma de someter a esta población por medio del terror y la vergüenza". De igual modo, en los centros de detención era habitual que las mujeres sufrieran abusos sexuales como forma de presión durante los interrogatorios.
Esta forma de violencia, ejercida de forma sistemática, fue más frecuente durante la guerra y en la primera etapa del franquismo. Era practicada en un contexto social de permisividad o de impunidad, ideal para permitir que las situaciones no afloren o que las denuncias no sean consideradas. Palmira Merino, vecina de Sestao y testigo de esa época, ofrece un testimonio revelador: "No es como ahora que todo se cuenta. Eso quedaba en secreto. Eso nadie lo contaba. Sabíamos que las habían llevado pero no sabíamos lo que les habían hecho. Y ellas jamás lo han contado. Eso era como… algo tremendo". Cada día, "se pretendía anular cualquier posible resistencia; más allá de la eliminación física de algunas mujeres que se consideraron especialmente peligrosas, se pretendía la anulación psicológica de todas aquellas que pudieran mantener unas ideas contrarias a las impuestas por los vencedores", sostienen las investigadoras.
‘Es más la miseria que el miedo’ recupera la figura del que fuera alcalde de Barakaldo, José María Llaneza, quien llegó a prohibir que las vecinas salieran a la calle sin medias. De acuerdo a los testimonios recogidos, el jefe de los alguaciles era quien se encargaba de comprobar que ninguna mujer violase esta inédita norma. En el caso de los hombres, el alcalde les prohibía pasearse en manga de camisa. El informe incluye extractos de la ordenanza municipal en la que se dictaminaba cómo debían vestir los vecinos de Barakaldo. En la norma se lamentaba que muchas mujeres caminaban "en formas poco correctas y decorosas en sus vestido y ademanes, so pretexto de recrearse en las playas, haciendo como digo gala en calles y plazas a las idas y regreso de estos lugares de su escandalosa desenvoltura y desvergüenza, exhibiendo sus piernas sin recato de sus medias y simulando ir vestidas".
Hay más testimonios, el que recuerda una de las entrevistadas, Encarnación Santamaría, sobre las mujeres que se negaron a aceptar relaciones sexuales con miembros de fuerzas militares, aún bajo la amenaza de fusilamiento: "Y luego mi madre nos contaba que había chicas muy guapas, también jóvenes, que como no querían ir con los guardias, las fusilaban. Por la noche, porque no querían ir con ellos, preferían morir antes que ir con ellos". Esta misma vecina habla también del estigma de ser ‘rojo’, que afectaba a toda la población y se hizo presente en todos los aspectos de la vida cotidiana: "Decían a todas las amigas de la calle: ‘no las ajuntéis a éstas –a mi hermana y a mí– porque son rojas’. Eso lo tengo grabadísimo, hay cosas que no se olvidan nunca. De niñas, ¡cuatro años!... Fíjate tú, qué crimen". "Yo me acuerdo que un día fui a misa y había una maestra, era asturiana y tenía en Sestao mala fama por lo que había hecho. Estábamos para entrar y dice ‘todas éstas son rojas, mejor que se marcharan, a la iglesia no tienen que entrar’", evoca, por su parte, Felisa Martínez, otra vecina de Sestao.
"De repente en la mitad o en el cuarto de la película, se paraba y subía a la pantalla una foto enorme de Franco, todo Franco en la pantalla. Y la gente rápidamente se tenía que poner de pie así (brazo en alto) en el cine. Y una vez me contaba mi madre – yo eso no lo vi – que estaba ella con una amiga en el cine. Y había más gente, porque el cine de Portugalete, todo el mundo conocido, imagínate. Sale Franco…Y mi madre no se levanta. Y le decía un amigo: ‘¡Mari Carmen, levántate, que nos llevan a todos! ¡Levántate!’. Y le decía mi madre: ‘Si es que estoy mala, es que me duele la pierna’. Se tuvo que levantar. Eso era, eso era el franquismo", apunta, por su parte, Miren Begoña Sánchez Aranzeta, nacida en Barakaldo.
Juan Villanueva, de Sestao, no olvida un crimen. "En Urbinaga mataron a dos mujeres. Las fusilaron. Una me parece que se llamaba Anita. Y la otra Berta. (...) Cuando la guerra, mataron a un cura de la Campa, un tal Lahuerta, le fusilaron porque se marchó con algún batallón de nacionalistas y le habían cogido, me parece que en Vitoria y le fusilaron. Y cuando se oían estas cosas en el barrio pues esas gritaban, ‘¡había que colgarlos a todos!’… Entonces estuvo el Cabo Quilates, que era un barco, en la dársena de Portu. Era un barco–prisión. Y ahí había gente de derechas, gente destacada, de Sestao, Barakaldo, Santurtzi, Bilbao…Y fusilaron a algunos cuando los bombardeos (...). Decían que habían causado la muerte de éstos, por sus gritos y sus cosas. Fusilaron a esas dos. Dos pobres mujeres (…). Era gente de pueblo. Muy del pueblo además, y quizás hasta con pocas luces, no muy destacadas. Pero como de la Arboleda había salido la Pasionaria, Dolores Ibarruri, pues hicieron ver que éstas eran como la Pasionaria, pero en Urbinaga".
Según los datos del listado oficial de víctimas y desaparecidos de la Guerra Civil del Gobierno vasco que recaba el informe de ELKASKO, sólo en Bilbao fueron fusiladas quince mujeres, y algunas más en pueblos de alrededor como Sestao, Barakaldo, Santurtzi o Basauri. Muchas otras fueron encarceladas y, después de juicios sin ninguna garantía, les fue impuesta la pena de muerte. "A mi madre la metieron en la cárcel por decir 'esos canallas, que han matado a mi marido' y tal, no dijo más la pobre…Bueno, les dijo de todo menos bonitos. Les dijo 'cabrones' y les dijo de todo, porque yo me acuerdo perfectamente. Y nos quedamos con mi tía, hermana de mi madre, que era soltera, y mi abuelo, que hacía de padre. Teníamos cuatro años y cuando vino mi madre yo tenía doce", repasa otro testimonio. En el transcurso de la investigación, Belén Solé y Beatriz Díaz se toparon con personas que seguían teniendo miedo a relatar sus vivencias. Incluso una vez publicado el estudio (se puede consultar en la plataforma Scribd), se arrepienten de haber hablado ahora. El terror sigue grabado en sus memorias.

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