Víctor Manuel

CRÓNICA

Babette se fue a la guerra

Todo lo que sonó ayer no tenía ya que ver con Víctor sino con el colectivo moral, gigantesco, que ha dejado en la orilla sus canciones



Víctor Manuel, durante el concierto. / SAMUEL SÁNCHEZ

Salió Aute, que exhibe una vejez físicamente inhóspita y delicada, sin préstamos, con una bufanda blanca colgada del cuello como la de Valle, y empezó a cantar A donde irán los besos. Ese tema tiene la evocación de William Wordsworth y el primer esplendor de las cosas, las que nacen y se estropean, cuando no se puede cazar el instante para hacerlo volver. Brigitte Bardot, ni más ni menos, y en Babette se va a la guerra. La cantaron los dos, Aute y Víctor Manuel, y quien más y quien menos pensó en lo perdido, que no es peor que lo ganado.
Después de la Bardot y aún antes de la Bardot, que es como se divide la Humanidad más allá de Cristo, pasaron todos, los de siempre, con novedades impresionantes y tradiciones de coleccionable, de las hay que escuchar arrodillado (Ana, Milanés, Rosendo, Poveda), pero algo se quedó enganchado en esa canción, una suerte de espíritu de fantasma de Canterville . Ni Asturias, que arrancó lágrimas, ni la reivindicación política de los vencidos por la guerra, superó el instante que tuvo que ver esencialmente con el tiempo, el que se fue y de repente se instala como invitado.
Salió Pablo, el cubano, y cantó: “Amor que vigila el nido / todo se le vuelven sombras. / Maldigo las madrugadas a solas / peleando con la memoria / los fantasmas y las horas / las manos deshabitadas, solas”. Algo se ha ido quedando solo todos estos años, como si de repente lo que funcionó sufriese una amputación perfecta, como la Venus de Milo, y resultase aún más bello sin nosotros. Todo lo que sonó ayer, el Sólo pienso de ti con Drexler, el Soy un corazón tendido al sol de Sabina (“he venido porque tenía de telonero a Milanés y le puedo poner los cuernos a Serrat con Víctor”), el Ay amor o el “sol, polvo, fatiga y hambre” a capella en el Palacio, no tenía ya que ver con Víctor sino con el colectivo moral, gigantesco, que ha dejado en la orilla sus canciones, el relato real de un madre que mata a su hijo con una dosis pura de heroína para no verlo sufrir. Eso lo cantó Sole, eso lo escribió y lo cantó Víctor.
Dos semanas antes de Navidad, en Casa Rafa, cerca del Palacio de Deportes donde ayer cantó 50 años de canciones, Victor Manuel se dispuso a cenar. Antes de abrir bocado le interrumpió una pareja de franceses: ¿sabría él, amable español, asturiano de las praderas, en qué lugares de Madrid se podía escuchar música esa noche? Víctor nombró dos o tres, haciendo memoria. Esa noche de madrugada se subió a un taxi como lo que es, un hombre de 67 años protegido del frío, y en la madrugada de ayer se bajó del escenario como un clásico, con los hombros cargados, rodeado del paisaje que él mismo ayudó a pintar. Quedan dos o tres lugares en los que escuchar música y dos o tres escuelas que quemar para besar en paz a Brigitte Bardot.

Víctor Manuel canta contra el olvido

El músico celebra con sus amigos el medio siglo de su carrera


Ana Belén y Víctor Manuel, este viernes en el concierto 50 aniversario del cantante. / SAMUEL SÁNCHEZ

Un murmullo civilizado llenó anoche la espera del público que aguardaba en el Palacio de Deportes de Madrid a Víctor Manuel, que nació en 1947, lleva medio siglo cantando y componiendo y es uno de los estandartes de la canción de protesta y melancolía cuyas letras se saben de memoria varias generaciones de españoles. Por eso acudieron los seguidores de su generación, sus hijos que ahora son padres y los nietos que toman el testigo.
 Fue el nieto de un minero, descendiente de republicanos asturianos asaltados por la injusticia de la guerra y fue saludado con aire de fiesta por gente que le sigue desde su propia juventud y que ahora son abuelos como él.
Víctor Manuel está en forma. Evocó a su familia, a su pariente fusilado al amanecer, como miles de fusilados que siguen en las cunetas sin que una democracia a la que no supo ponerle nombre no ha tenido aún la decencia de enterrar como Dios manda.
En persona, Víctor Manuel habla como si pidiera permiso para estar, pero desde su primera canción (Danza de San Juan “la fiesta va a empezar”), el nieto del Abuelo Vítor dijo aquí estoy, con un vozarrón que era una hoguera.
En ese espacio que lo junta con la infancia y la fiesta, el Víctor Manuel más asturiano rompió los metales melancólicos de sus seguidores y consiguió que los 15.000 que abarrotaban el Palacio de Deportes parecieran un coro asturiano, ayudados por las gaitas de Cuélebre.
Estaba alegre, vestido de negro y blanco como para salir de romería; el amor mueve montañas, cantó, y él lo entonó como un campesino perdido en la playa. “Esta noche tan especial”, explicó al auditorio, para añadir: “Soy de Mieres del Camino, nací junto a la vía del tren, así que toda mi vida, toda mi vida, he visto pasar trenes”.
No fue tan solo el recital del medio siglo: fue una autobiografía en la que Víctor Manuel detuvo el tiempo, se lo metió en un zurrón y apareció con la energía de aquel muchacho que hace 50 años desafió el franquismo cantando, en El cobarde, contra la maldad de la guerra.
Fue ayudado por su gente (Ana Belén, David San José, Marina San José), por su generación (Pablo Milanés, Joaquín Sabina, Serrat, Rosendo, Aute), por los nuevos que cantan sus canciones o han compuesto para él (Pedro Guerra, Andrés Suárez, Silvia Pérez Cruz, Sole Jiménez, Rozalén e incluso trajo al escenario al polifacético Millán Salcedo y también al flamenco Miguel Poveda).
La Puerta de Alcalá y Asturias fueron el colofón de un concierto en el que no faltó el homenaje a Pilar, que así se llama Ana Belén: “Ella es la soledad, es un volcán”. Cuando tuvo en el escenario a Silvia Pérez Cruz, el Víctor Manuel reivindicativo habló de ella como “una joya, uno de esos milagros que le nacen a la música a pesar del 21% y de la madre que los parió”. Ana Belén fue el objeto de sus homenajes, sus hijos fueron referencia sentimental, su abuelo fue protagonista de su melancolía, y también de su rabia. Cantó contra el olvido y la humillación, y en este concierto del medio siglo evocó, con una solemnidad que quebró su voz y desató los aplausos, “contra los años de plomo y los curas con pistola” que ayudaron a la dictadura a llenar de oprobio las cunetas de España. La canción que sintetizó esa protesta es Cómo voy a olvidarme, que siguió a El hijo del ferroviario. Cumplió así, con su autobiografía, el medio siglo que le distancia del muchacho que veía pasar trenes en Mieres del Camino.


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