“Diego Mazquiarán, ´Fortuna´, de Bilbao

El torero de Sestao que mató a un morlaco en la Gran Vía de Madrid

In BichosEl cañí on 15 de febrero de 2015 at 20:31
ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Diego Mazquiarán murió loco en Perú y una vez toreó de abrigo
“Diego Mazquiarán, ´Fortuna´, de Bilbao, es otro gran matador de tipo carnicero”
ERNEST HEMINGWAY
Sestao queda lejos, muy lejos, de Sevilla y su Giralda y olé y sus mujeres son matronales y amamantadoras como la loba de Roma y no majas morenas de cuadro de Julio Romero de Torres. En Sestao hay nubes serias y de plomo y no firmamento azul sobre calesas con postillones que cantan. En Sestao no se llevan las patillas rizadas ni los lunares ni los caireles en las botas y se viste de azul marino, como Dios manda, que es color de formalidad y de pasearlo los domingos en combinación con la camisa blanca y planchada y el pantalón de mil rayas. En Sestao hay cuestas que arrancan pedos que no se celebran y se disimulan con una tos, cof, cof. El norte vasco no es de hacer chistes con pedos y si se escapan se pide perdón. En el norte vasco gustan los toros bravos cuanto más grandes mejor y Hemingway decía que la feria de Bilbao era seria, lujosa y sólida y los toreros debían vestir chaqueta y corbata. Al norte vasco, sin embargo, no le va el alrededor del toro, que es de colorines y de majas y de sol y de fino La Ina, y a veces ha tenido la tentación de prohibirlo por español, pero no lo ha hecho porque Jon Idígoras fue novillero con el nombre de Chiquito de Amorebieta, fue subalterno en la cuadrilla del Duque de Boroa y una vez toreó a beneficio de los huérfanos de la Guardia Civil. Con el tiempo se ha ido expandiendo la verbena y las ganas de festejar lo que se ponga delante (igual da que sea el jalowin que la feria de la cerveza) y en el norte vasco se ven ahora venencias y sombreros cordobeses cuando llega abril y parece que estamos esperando a mister Marshall. Sestao queda lejos, muy lejos, de Sevilla y su Giralda y olé, queda a setecientos kilómetros que separan a las matronas de las majas morenas y, sin embargo, tuvo que ir un torero de Sestao a hacerle una faena de abrigo a un toro que se desbocó en la Gran Vía de Madrid y corneó a un ordenanza en el culo. Estas historias de toros y toreros son pintorescas como una andaluza de cartón encima de la tele y merece la pena contarlas porque te levantan una sobremesa. La tauromaquia al final es pintoresquismo, tertulias de sobremesa y versos de Lorca.
El torero de Sestao que mató a un morlaco desbocado y molestón en la Gran Vía de Madrid tentándole faena con un abrigo fue Diego Mazquiarán Torróntegui, que le decían Fortuna por la suerte que tuvo de no diñarla un día en la estación de Valladolid arrollado por un tren. Cuenta Roberto Espina que Diego Mazquiarán nació en Sestao a las once y media de la noche del miércoles 20 de febrero de 1895 en la calle Iberia, letra F, quinto piso, y que fue bautizado dos días después en la Parroquia de Santa María de la Anunciación figurando en la partida con el apellido de Marquiarán, con erre en lugar de zeta. De joven fue pinche de laminación en los Altos Hornos con un jornal de 2´25 pesetas diarias pero no duró seis meses en la fragua porque prefería frecuentar las novilladas y salió de banderillero el 15 de octubre de 1911 en la plaza de toros de Indauchu una tarde en la que toreó Agustín Rodríguez, que antes había sido María Salomé. Estas historias de toros y toreros son pintorescas como una andaluza de cartón encima de la tele. María Salomé Rodríguez Tripiana, que le decían la Reverte, fue una novillera que debutó en una becerrada en Almería en 1907. Era de Jaén y hembra, y por lo segundo le iban a ver torear, porque en realidad no dejó mucho arte para recordar. En 1908, el ministro de la Gobernación Juan de la Cierva prohibió las corridas femeninas y la Reverte se quitó los pechos postizos y la peluca y resultó que era un hombre que se llamaba Agustín y siguió en la lidia, pero sin gracia y únicamente dejó blasón anecdótico que recogió el Cossío “tan solo por lo singular y desvergonzado de su sexo acomodaticio”. Estas historias de toros y toreros merece la pena contarlas porque te levantan una sobremesa.
Diego Mazquiarán viajó de tifus en los topes de los vagones para ir a hacerse lunas y una vez, en la estación de Valladolid, casi le descoyuntó un tren en el que se quería subir sin papel y por suertudo le dijeron Fortuna. Después anduvo Salamanca en capeas hasta que llegó a Sevilla, que quedaba lejos, muy lejos de Sestao y sus nubes de plomo, en donde encontró tajo en una panadería que servía a Rafael Gómez el Gallo, maestro dinástico y calé que duró un año escaso de marido de Pastora Imperio,  que le dio la alternativa el 17 de septiembre de 1916 en la plaza de Madrid cediéndole el toro Podenquero, de la ganadería de Benjumea, que era bragado y negro. De Fortuna dijo Hemingway que era un torero valiente y carnicero, “bravo como el toro y solo un poco menos inteligente”, que tenía los cabellos rizados, las muñecas gruesas y que se casó con una mujer rica. Dijo que era rudo y fanfarrón. En el Cossío le dicen de virtuoso de la estocada a volapié y Hemingway dijo también que no tenía ningún nerviosismo durante la lidia, y sin embargo se murió loco en un manicomio de Lima, en Perú, en 1940. Entre 1918 y 1926 despachó casi trescientas corridas pero su cartel empezó a decaer y en 1927 solo cumplió tres contratos hasta que recuperó el favor del respetable después de matar al toro de la Gran Vía.
Faena de abrigo
Estas historias de toros y toreros son pintorescas como una andaluza de cartón encima de la tele. El 23 de enero de 1928, sobre las ocho de la mañana,  se escapó de la manada un toro que era conducido al matadero de Madrid y entró en la ciudad por el Puente de Segovia, desde Carabanchel Bajo, y a la altura de Leganitos corneó en el culo a un ordenanza, embistió a dos paseantes y casi mató a una señora de sesenta y seis años. Hacia las once apareció por la Gran Vía (la antigua avenida del Conde de Peñalver) y se cruzó con Mazquiarán, que iba con su mujer a comer en casa de sus suegros. Mazquiarán apartó a la legítima y templó al bicho usando su abrigo como engaño  con un público entregado de madrileños paseantes que le gritaron olés. Del Casino Militar le trajeron un sable que Fortuna desdeñó por endeble y porque era matador y no un húsar y pidió que le fuesen a buscar un estoque a su casa del número 40 de la calle Valverde. Le hizo al toro faena de abrigo y lo mató de media estocada y descabello con la dificultad del suelo mojado de lluvia que resbalaba al animal. Toreó el vasco como dijo Hemingway que obligaba Bilbao, de chaqueta y corbata y zapatos de cordón. El respetable agitó pañuelos pidiendo que le diesen la oreja y le llevó a hombros hasta el café Regina de la calle de Alcalá, en donde le convidaron a anís,  y el ministro de la Gobernación le concedió la Cruz de Beneficencia, que se la entregó don Nicanor Villalta en la corrida de la Asociación de la Prensa.  Diego Mazquiarán Fortuna, torero que huyó de la fundición y que murió loco en un sanatorio limeño, dejó un sobrino novillero y tiene una placa en la calle donde nació en Sestao, al final de Iberia, frente a la estación de cercanías, encerrada en una urna fea y metálica con un cristal que cuando se empaña de lluvia no la deja ver. Estas historias de toros y toreros merece la pena contarlas porque te levantan una sobremesa y son pintorescas como una andaluza de cartón encima de una tele y hay que decirlas debajo de un pasodoble.
MARTÍN OLMOS

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