Un buen artículo

Cuatro gotas
·         Basta un febrero lluvioso para hacernos oscilar entre la depresión y el enfado
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·         PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA



·         BILBAO AL FONDO
2 marzo 201501:35
El monte Waialeale, en Hawaii. Llueve en ese lugar 360 días al año. Apenas 360 días. Hay bilbaínos que se están planteando la posibilidad de ir allí de vacaciones. Para disfrutar de un clima más benigno. Solo una cosa impide el éxodo: ningún bilbaíno es capaz de pronunciar 'Waialeale'. Y tampoco es cosa de hacer el ridículo en Viajes Ecuador. Pero todo apunta a que disfrutan en ese monte exótico de una meteorología sensata, comparándola con la de Bilbao. O eso es lo que nos parece ahora que hemos vivido días, no ya lluviosos, sino directamente submarinos. La palabra más repetida en la ciudad durante las últimas semanas ha sido "branquias". Ha estado lloviendo mucho. Y la gente ha visto puesta a prueba su paciencia. El chubasco favorece la melancolía, ya se sabe. Multiplica los pensamientos tenebrosos. En las horas de mayor inclemencia, había por la calle conciudadanos muy hundidos. En lugar de un paraguas, parecían llevar en la mano la calavera de Yorick.
Hoy en cambio llueve y siente uno ganas como de presentar una reclamación
Salvo que los meteorólogos digan lo contrario, nada extraño hay en que llueva con frecuencia en el invierno vizcaíno. Lo novedoso es la manera en que la ciudadanía se enfrenta al chaparrón. Esa especie de desencanto colectivo, esa extendida mezcla de enfado e indignación que hace pensar en que el cambio no va a ser al final climático, sino antropológico. Pensémoslo un instante. Para nuestros padres y abuelos el clima era otra contingencia más, para nosotros es una especie de derecho adquirido. En los viejos tiempos si llovía ininterrumpidamente durante tres meses lo que se hacía era actuar en consecuencia y poner cada noche a secar los zapatos de agua. Hoy en cambio llueve y siente uno ganas como de presentar una reclamación.
Esto, por supuesto, no tiene ninguna importancia. Significa solo el ocaso definitivo de la enésima especie en extinción. Me refiero al bilbaíno auténtico, aquel distinguido atlante al que nunca se le pudo fotografiar sin gabardina. Reconozcamos en esta hora del adiós que era un espécimen imponente y prácticamente impermeable. Alguien capaz de detenerse bajo el diluvio en medio del puente del Arenal para fumar un cigarrillo y pensar un rato en sus cosas. Tras detener con su txapela azul treinta o cuarenta litros de agua, aquel hombre reanudaba su marcha y miraba por fin al cielo. "Anda, llueve", se decía entonces bastante poco impresionado. Y se subía los cuellos de la gabardina, más por emular a Alain Delon que por esquivar la neumonía.
El clima poco importaba
El bilbaíno auténtico se impuso durante décadas al medio con una filosofía estoica e irrebatible. Digamos que al hecho de que lloviese le otorgaba la misma importancia que al hecho de que no lloviese. Ninguna. Su desprecio por el clima era magnifico. Poco importaba que el clima hiciese de su vida una concatenación de carreritas para refugiarse en marquesinas y aleteos de paraguas antes de entrar al bar. Una vez en el bar, el bilbaíno auténtico se desembarazaba de la gabardina y lucía seco, perfecto e impecable. Tomaba tal vez un caldito para templar el organismo. Y quince o veinte blancos para mantener chispeante la psicología. Mientras tanto, afuera la riada se llevaba por delante alguna de las Siete Calles, haciendo pensar que tal vez no fueron siempre esas calles siete, sino que en realidad eran solo siete las que iban quedándonos sin inundar.

Y ahora, en fin, llueve un poco y maldecimos nuestro destino mientras fantaseamos con hoteles en el Mediterráneo y piscinas con animador infantil. No pasa nada, claro. Solo que estamos traicionando a nuestra estirpe. Cada vez que consultamos temblando la previsión de Euskalmet, por ejemplo. Nuestra estirpe fue capaz de hacer vida normal bajo el monzón. Les bastaba con tener a mano algún complemento elegante de Elosegui. Nosotros, sin embargo… Y eso que incluso ahora sabemos todos nadar. ¿Por qué nos quejaremos tanto? Estoy tentado de decir que lo que sucede es que tenemos poco fuste. Me limitaré a atestiguar que nos estamos volviendo fácilmente sumergibles.



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