La Concha

El nazi que aterrizó en la playa de La Concha


El nazi que aterrizó en la playa de La Concha

  • Se cumplen setenta años del forzoso aterrizaje del Heinkel-111 en el que viajaba Léon Degrelle, un nazi belga que huía de una Europa en la que Alemania acababa de rendirse

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Setenta son los años que han pasado desde que los donostiarras vieran una de esas estampas que se quedan para iempre en el recuerdo. Un recuerdo del que no muchos pueden presumir, pero que, sin duda, quien todavía lo retiene no olvida aquel acontemiento histórico.
El 8 de mayo de 1945, la tranquilidad, el sosiego y la serenidad que caracterizan la bahía de La Concha quedaron eclipsados por el estruendo del avión en el que viajaba Léon Degrelle. Este belga de nacimiento y fascista por ideología había emprendido su viaje desde Oslo, en donde se encontraba alejado de primera línea de la guerra recién concluída. Huía de una Europa en la que los nazis habían perdido todo su poder y las fuerzas aliadas llegaban ya a cada rincón. Hitler acababa de suicidarse y los soviéticos habían llegado ya a Berlín. Los defensores del regimen nazi huían despavoridos.
Sutilmente anclado en la orilla, aquella nave portaba una historia. La de un nazi que, en el atardecer de la II Guerra Mundial, había salido de Oslo, huyendo tras la derrota alemana y en busca de asilo en la España franquista. A sus 39 años, el excombatiente en la Legión Valonia, una unidad extranjera adscrita a las Waffen SS, atravesó las líneas enemigas y aterrizó por falta de combustible en la bahía de La Concha.
Al parecer, el piloto del Heinkel-111 de la Luftwaffe no pudo evitar chocar contra una de «las rocas que se asoman en la parte más occidental de la playa», relatan las escasas crónicas de la época. El aeroplano, que viajaba a una velocidad de más de 300 kilómetros hora -según relató el mismo Degrelle-, tras el impacto, se desvió en dirección al mar, en donde quedó finalmente estancado.
Curiosos y bañistas ayudaron en el rescate


Los donostiarras que presenciaron el suceso, perplejos y asombrados, se acercaron hasta la orilla para ayudar a los pasajeros. Los niños se dejaron llevar por la emoción y se precipitaron a arrancar pedazos del avión de Degrelle. Se quedaron con un trozo de la historia. Asombro es lo que sintieron en su mayoría al ver aquel aparato en el que «se distinguía, claramente, la insignia aeronáutica militar alemana en el fuselaje y la esvástica en la cola», según narra Féliz Elejalde Aldama en ‘La aviación en Guipúzcoa’.
Los restos del avión, un Heinkel-111 de la Luftwaffe, fueron trasladados a Logroño. Además, según cuentan algunas de las escasas noticias publicadas sobre este suceso (en aquella época la censura era muy férrea), ninguno de los pasajeros resultó herido de gravedad. El único del que se tiene constancia de que tuviera que pasar quince meses ingresado en el Hospital Militar Mola (los actuales juzgados de Atotxa) fue el propio Degrelle.
En sus memorias el nazi belga, en el capítulo 'De Stalingrado a San Sebastián', narra algunas de las peripecias que vivió durante su huída. Cuenta cómo «algunos españoles desnudos, como tahitianos, llegaron hasta el avión naufragado», a rescatar a las cuatro personas abordo. Una curiosa descripción que contrasta con el punto de vista de los testigos.
Así, lo más exótico que pudo verse en aquella extraña mañana, tal y como recoge Mikel G. Gurpegui en una de sus crónicas de 'La calle de la memoria' en El Diario Vasco, fue ver a un donostiarra en pijama junto al avión. Jesús Jiménez, a quien le había despertado la explosión, se presentó de tal guisa al oir el estruendo. Sin pensarlo dos veces saltó de su cama y acudió rápidamente a rescatar a los tripulantes accidentados.
El protagonista de la historia, Leon Degrelle, pese a pertenecer al ejército más dañino de la historia de la humanidad pudo disfrutar en España de una plácida vida en la que incluso se distinguió como cabeza visible de los nazis en el país. Aunque se celebró un juicio en Bélgica 'in absentia' en diciembre de 1945, siendo condenado a muerte, Franco le protegió. Ni siquiera la llegada de la democracia consiguió que se enfrentara a la justicia y solamente recibió en una ocasión una multa por negacionismo del holocausto. Falleció a los 87 años en Málaga.

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