Bombero


Bombero

Así el jardín es otraimagen o rodeo, como al final de un súbito pasillo
la luz se abre y el balcón llamea,
ignorado hasta entonces; o más bien
la pausa entre relámpago y relámpago,
cuando en la oscuridad todo es espera
y de pronto llegó (¿pero era esto?).

-Pere Gimferrer-


Me enamoré de un bombero. Sí, chicas, su profesión no debía ser definitoria en nuestra relación, pero él ejercía de ello, que si el camión rojo, que si la toma de agua, que si la lona, el hacha, no paraba de hablar de su trabajo, su trabajo era él.
Tenía otras virtudes, claro, muchas, era inteligente, culto, sensible, quizás demasiado cerebral, guapo, rubio, con un cuerpo musculoso y bien proporcionado. Era, también, un buen amante; en este apartado no tengo quejas, es posible que fuera pasivo, pero era voluntarioso, que fuera algo frío, pero le ponía interés. La cuestión es que, aunque había estado con muchas mujeres, para mí, él nunca había estado con una hembra, mucho menos con una como yo -modestia aparte, ya me conocéis-. Pero en resumen, nos llevábamos bien, estábamos enamorados.
A las tardes, mirando el mar, me hablaba de fuegos, del fuego, de las llamas, de los vecinos bajando por escaleras larguísimas, de sus entrenamientos sin fin, del gimnasio, de sus músculos, del casco negro, del uniforme azul. Al parecer ser bombero es como estar en el ejército o ser cura, imprime carácter. Me aficioné a esta profesión-religión, incluso me compré libros: “Apague usted sus propios fuegos”, “La manguera, usos y abusos”, “Hey, tío, no quemes el bosque”. Me volví una experta, le escuchaba embelesada, cuando nos amábamos le decía al oído “derriba mis puertas, riégame, mójame, sopla este calor” y parecía que le gustaba, que le ponía a tono.
No todo era mágico, como soy ama de casa mis conversaciones eran más limitadas que las suyas, que si como han subido las lentejas, que si se me acumula la plancha, que mi marido es un cascarrabias, que mi niño pequeño tiene paperas, mis cosas. Aún así seguimos enamorados, amándonos en secreto.
Pero por ahí comenzó a romperse el idilio. Es lógico, todo tiene un punto final, un obstáculo insalvable, el nuestro fue cuando comenzó a hacer prácticas conmigo. Chicas, seguro que me comprenderéis, la cosa empezó como una broma, tenía que presentarse a un examen para sargento y asistía a cursillos, llegaba tan obsesionado a las citas que en vez de follar me daba fuego y luego me apagaba. La primera vez me hizo gracias, je je, me pareció hasta romántico, simbólico. Pero a la cuarta me tocó las narices, no ganaba para vestidos nuevos y Paco, mi marido, se mosqueaba, que si tienes la piel áspera, que si gastamos mucho en crema para quemaduras, que como ha subido el recibo del agua. El caso es que un día, harta ya, le dije; “Bomberito mío, nadie salva como tú, nadie apaga mejor mis incendios pero, chato, te has pasado de furor y me está entrando complejo de bonzo”. Y, claro, así no, lo dejamos.
Chicas, mi próximo amante será funcionario de correos que no salvan pero son eficientes y constantes, quizás grises pero tienen un gran atractivo con esa gran bolsa a la espalda, que parecen un canguro del revés, con esa lengua para pegar sellos, no utilizan manguera pero todo no se puede tener. Besos, guapas.

...al principio me dieron
muchas ganas de llorar
se me pasaron
y me entraron las mismas ganas
pero de que lloraras tú.
(Ajo)


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