Las matinales del Price

Aquellos locos del ‘twist’


Mike Ríos durante una actuación en el Circo Price en los sesenta.
El domingo 18 de noviembre de 1962, el madrileño Circo Price presentó una novedad en su programación: una matinal dedicada a “la música moderna”. Se habían celebrado festivales similares en recintos estudiantiles pero el Price suponía un salto cualitativo —estaba en la plaza del Rey, donde ahora se alzan las oficinas ministeriales dedicadas a cultura— y cuantitativo: cabían 2.200 espectadores. Tuvo gran impacto mediático e inquietó al régimen. A principios de 1964, las matinales fueron prohibidas por la Dirección General de Seguridad, sin margen para recursos.
 Esa historia tragicómica se narra ahora en La leyenda del Price (Rama Lama), un triple CD con 100 canciones y un librito de 44 páginas. Su compilador, José Ramón Pardo, reconoce que no hay maravillas deslumbrantes en ese repertorio: “Las discográficas ficharon a todos los conjuntos y solistas medianamente decentes, pero les hacían cantar versiones de temas extranjeros, no creían en su creatividad. Las producciones solían ser pobres”.
Sin embargo, allí había cantera. En el primer cartel destacan Los Cinco Estudiantes (antecesores de Los Brincos), Los Tonys (con Micky y Fernando Argenta), los poderosos Pekenikes y los Relámpagos (donde tocaban Herrero y Armenteros, luego prolíficos compositores). A última hora se sumaron Los Diamond Boys, grupo gibraltareño que contaba con Albert Hammond. Exacto, el de Nunca llueve en el sur de California y padre de uno de los Strokes.


Cartel de una matinal del Price.
Pardo y demás firmas que aparecen en La leyenda del Price evocan un tiempo insólito, abundante en inquietudes juveniles que podían concretarse en las denominadas revistas orales: “Eran como magazines radiofónicos pero en vivo. En los salones de actos de los colegios se invitaba a personajes de actualidad junto con artistas. Como los conjuntos eran autosuficientes, siempre tenían un hueco”.
Las carencias técnicas resultan inimaginables. Guitarras eléctricas, amplificadores y bafles podían ser de fabricación casera. Llevaban ventaja los retoños de familias acomodadas: Juan Pardo se trajo de Washington, donde su padre era agregado militar, una guitarra y un amplificador que causaron envidia. Hoy, su primo José Ramón Pardo se asusta pensando cómo sonaría el Price: “No había PA [amplificación para el recinto] ni mesa de mezclas”.
El lugar tenía sus condicionantes. Miguel Ángel Nieto, organizador de los festivales, recuerda una noche de sábado cuando avisó a los músicos, que estaban montando sus modestos equipos, que iban a entrar seis elefantes. Se lo tomaron a chufla pero todos huyeron cuando, efectivamente, irrumpieron media docena de paquidermos, protagonistas de un número circense.
Nieto, futuro periodista, supo convencer a los gestores del Price de la oportunidad de aquellos espectáculos, similares a los que se desarrollaban en Londres o Paris. Todo gracias a las ansias generacionales de comunicarse: hasta los empleados cobraban más que los músicos. Estos actuaban gratis, aparte de una cantidad fija para gastos de transporte: 200 pesetas para los solistas, 600 para los grupos.
Pero funcionó. Había hambre de música y las entradas costaban de 10 a 20 pesetas. Un inciso: no se hablaba de rock and roll, música estigmatizada por su reputación escandalosa; estaba de moda el twist y hasta Mike Ríos era presentado como “el rey del twist”. Aunque aquel ritmo también molestaba a la censura: Nieto ha desempolvado en el Archivo General de la Administración un informe que sugería vetar su radiación por considerarlo pernicioso para la salud y el decoro; se alega que el twist ha sido declarado “inmoral” ¡en Irán!
El que se reunieran jubilosamente dos millares de jóvenes despertó recelos. Pardo destaca la voluntad represora de Emilio Romero, que usó su periódico Pueblo para denunciar aquella “histeria colectiva”. Los grises, siempre presentes, acallaron a grupos de reventadores, enviados no se sabe por quién. Desde posiciones más liberales, igualmente hubo reconvenciones: Adolfo Marsillach publicó una columna deplorando aquella eclosión de “rebeldes sin causa”. En el Madrid de entonces todos se conocían. Unos cuantos fieles del Price acudieron en manifestación al domicilio de Marsillach; el actor no estaba en casa, pero su empleada doméstica se asustó y llamó a la policía.
Según Pardo, hacia el final hubo un descenso de calidad en los grupos que pasaban por el Price: “Los mejores se estaban profesionalizando y tenían otros compromisos. Micky y los Tonys actuaban tanto en la base de Torrejón como en el Castellana Hilton”. Pero esa apreciación actual no disminuye el impacto que supuso su suspensión, tras 15 meses sin incidentes. Miguel Ángel Nieto hizo un intento desesperado, apelando al comisario que firmó la prohibición. Le contó que allí no ocurría nada raro; le sugirió que autorizara otra sesión y que acudiera él mismo como invitado. Todavía recuerda la ferocidad de la respuesta: “Si continúa usted diciendo que la policía actúa sin la información debida, ordenaré su detención por injurias. Y doy por no escuchado que intenta llevar a un comisario de policía a ese fango que tanto le gusta. ¿Algo más?”.


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