Pete Townshend

El viacrucis de un dios del rock

Por:  04 de marzo de 2013
 
WHO Pete-Townshend-CHris-Morphet-Redferns-Getty-Images-85003942
Atentos a las fechas y a las cifras. Who I am, la autobiografía de Pete Townshend, salió al mercado en octubre de 2012. Tres meses después, me encuentro montañas de ejemplares del libro en una cadena británica de saldos, a la cuarta parte del precio oficial. De 20 libras a 4.99. Eso suena a pinchazo, me digo, mientras pillo varias copias, para mí y para amigos interesados. Sospecho que Who I am no está destinado a las ventas millonarias de Vida, el descacharrante libro de Keith Richards (que en realidad escribió James Fox).

WHO Libro
De principio, me resulta francamente injusto. Townshend lleva escribiendo desde los sesenta: diarios, ensayos, relatos, novelas breves, incluso artículos regulares para el semanarioMelody Maker. En su currículo, debe reseñarse que dirigió una pequeña editora (Eel Pie Books), que invirtió en una librería (Magic Bus) y, esta es la rareza, fue acquisitions editor en la poderosa Faber & Faber. Algo ciertamente único entre las estrellas del rock.

Durante los ochenta, Pete podía alardear de ocupar metafóricamente el sillón que calentó el poeta T. S. Elliott en la misma empresa a partir de 1925. No todos lo celebraron: la muy tory novelista P. D. James torció el gesto ante el intruso. Pete se ocupaba de encargar libros nuevos, relanzó títulos olvidados, rescató a Jean Genet para el mercado británico, le prestó un chalet a Eric Animals Burdon para que pudiera redactar sus memorias. Y todo por una remuneración extremadamente modesta para la horquilla de ingresos en que se mueve una estrella del rock: 7.000 libras al año más un porcentaje de las ventas. Se acostumbró, claro, a enmendar manuscritos, meter tijera, cambiar enfoques- 
Así que uno no se explica como Who I am haya salido un libro tan lastimero, tan agobiante, tan plano. No es problema de sinceridad: ninguna figura del rock (o Rock, como él solía escribir) se ha mostrado tan explícita a la hora de detallar sus búsquedas, fueran espirituales, sexuales o artísticas. Sin duda, ahí está uno de los problemas: Townshend lo cuenta todo. Y llena páginas con la intrincada evolución de Tommy,QuadropheniaThe iron man y otras obras extensas, la especialidad de la casa, según evolucionaban de maqueta a disco y, a partir de entonces, lo que aguante el mercado: película, Broadway, musical en gira, versión orquestal, libro de lujo. 
Asombra que el literariamente más curtido de  los gigantes del rock se equivoque tanto en la construcción de sus memorias. Cierto que su biografía rompe los esquemas: se reprimió en la vorágine de los sesenta y los setenta, antes de desmadrarse a partir del punk rock. Así que sus años más creativos corresponden con un estilo de vida monacal (“pareces un enterrador”, señala una groupie decepcionada). Por el contrario, la segunda parte de su existencia pública se convierte en un aturdimiento de novias, borracheras, ciegos, derroches, rehabilitaciones y la indignidad de ser señalado como un pedófilo. 
WHO paul-weller-pete-townshend

Encuentro de generaciones: Townshend sufrió ante la cerrazón de Paul Weller.

Desde su punto de observación, The Who es el grupo disfuncional por excelencia. Se consignan los constantes conflictos con sus compañeros pero Townshend parece incapaz de empatizar con el arrogante Roger Daltrey (todavía convencido de ser el líder), el bipolar Keith Moon, el sensualista John Entwistle. Cuando hay que arrimar el hombro, ahí está Pete pero en general se mueve en una órbita particular; sus socios son fantasmas que salen de cuando en cuando. Un grupo, tal como el que aquí nos ocupa, parece una suma de soledades y frustraciones.
Townshend muestra mayor hermanamiento con otros músicos, a veces inesperados. Para los que piensan que el rock circulaba por autopistas exclusivas, resultan reveladores sus encuentros con Keith Jarrett, Rahsaan Roland Kirk, Marvin Gaye o Stevie Wonder. Cierto que Pete demuestra la existencia de un esprit de corps entre los fundadores del pop de los sesenta. Eso se materializa, por ejemplo, en el bello gesto de 1967, cuando The Who graba y edita dos temas de los Rolling Stones, añadiendo que el grupo lo seguirá haciendo -y cediéndoles los beneficios- mientras Mick Jagger, Keith Richards o Brian Jones estén encarcelados por posesión de substancias ilegales.
  
En 2004, cuando Townshend es acusado de posesión de pornografía infantil, se encuentra en igual situación de indefensión. Scotland Yard ha confiscado todo su equipo informático, lo que significa que ni siquiera puede refugiarse en su trabajo. Lo peor es la paranoia: en dependencias policiales, sospecha, cualquiera podría introducir algo ilegal en sus aparatos. Y allí era perfectamente concebible que tuviera enemigos: por sus simpatías izquierdistas, por su respaldo a Amnistía Internacional, por su implicación en el caso de unos militantes antirracistas empapelados en 1979. 
PoLICE 2
No lo menciona en el libro pero Townshend seguramente recordó a aquel famoso detective Norman Pilcher, que en los 60 atrapó a varios Beatles y Rolling Stones; por si no les encontraba drogas, Pilcher siempre llevabamaterialpreviamente incautado, con lo que se garantizaba un cien por cien de arrestos. Con sus chantajes, mantuvo un régimen de terror hasta que le pillaron sus superiores.

Mick Jagger sí que recordaba aquellos años de juegos sucios y sabía de la importancia de romper la losa que cae sobre alguien acusado de un delito socialmente deplorable. En compañía de su antigua esposa, Jerry Hall, impulso una avalancha de llamadas constantes para animar a Townshend: eran colegas, conocidos, expertos en batallas legales que le aseguraban que nada tenía que temer si todo había sido como él contaba, una investigación en el negocio del kiddie porn. 
Y sí, fue exonerado unos meses después. Ahora, Townshend puede confesar que, de haber tenido una pistola, se hubiera disparado. Recuerden: el protagonista de Quadrophenia parece suicidarse al final. Pero no: si revisan atentamente la famosa película de 1979, Jimmy Cooper salta antes de que la fabulosa scooter (Vespa Grand Sport) que ha robado al Ace Face/Sting caiga por los acantilados. Igual que Jimmy, Townshend ahora se conoce mejor y quiere aprovechar su (horrible) experiencia.
 

Comentarios